El ciclo de la violencia: De niños maltratados a ancianos olvidados
Si esto que acabo de decirle sobre el maltrato, el dolor y el sufrimiento de nuestros hijos, no es suficiente para convencerlo de que paremos a cualquier precio la delincuencia, quiero seguirle informando algo más, que también representa una gran emergencia con todas las luces rojas y bocinas al máximo volumen: como sociedad y como familia, con nuestros ancianos está pasando exactamente lo mismo que con nuestros niños y niñas; los estamos maltratando en la misma proporción o mucho más.
Aunque las estadísticas de la organización mundial de la salud OMS hablan de que estamos maltratando a uno de cada seis envejecientes, la realidad está muy lejos de ahí; la razón de esta estadística baja con relación a las de los niños, es que solo se basan en casos denunciados y reportados, pero la realidad es que los ancianos están emocionalmente incapacitados y no reportan los maltratos de los que son víctimas, ni los familiares lo hacen, porque por lo regular ellos son los victimarios. Según algunos expertos, de cada veinte y cuatro abusos a un envejeciente solo uno es reportado.
Los ancianos y envejecientes tampoco les cuentan a otra persona su historia de violencia y sufrimiento, la razón es que lo consideran una afrenta y un fracaso de ellos mismos como padres y esposos; Por lo tanto, podemos deducir con cierta certeza, y aunque a usted le parezca imposible, que siete u ocho de cada diez envejecientes reciben algún tipo de maltrato de parte de sus hijos, nietos y demás familiares y también son maltratados por personas que supuestamente los cuidan y les pagan para eso; lo que significa que estamos maltratando y dañando a nuestros hijos y ellos a su vez, están haciendo lo mismo con nosotros cuando envejecemos. Aunque nos neguemos a creerlo o a ver esto, estamos cosechando exactamente lo que hemos sembrado. Lo que plantamos en nuestros hijos lo estamos cosechando en nuestra vejez.
El que siembra una semilla de aguacate indudablemente aguacate cosechará. Desgraciadamente, hemos sembrado toda clase de semillas de cada una de las manifestaciones de la delincuencia y desafortunadamente nos negamos a ver y responsabilizarnos del desastre que hemos creado; y que cada día con nuestra indiferencia estamos abonando.
Muchas veces, en mi desconcierto, me he preguntado ¿Qué clase de personas somos? Que dañamos y maltratamos a nuestros hijos, a nuestros padres y a nuestras mujeres, y claro nos dañamos a nosotros mismos. He llegado a la inequívoca conclusión de que, a pesar de todo el desastre que hemos creado, somos personas totalmente pacíficas, que anhelamos la paz por encima de todas las cosas, pero que actuamos violentamente y les damos vida a todas las manifestaciones de la delincuencia cuando estamos dañados, alienados por fuera y por dentro, enfermos espiritualmente, cuando estamos vacíos y fragmentados en nuestra propia esencia; actuamos violentamente cuando somos analfabetos morales.
En ese proceso o círculo de violencia y delincuencia entre padres e hijos, estamos nosotros en el medio, los que no somos niños ni somos envejecientes, pero también al igual que ellos sufrimos en carne viva todas las manifestaciones de la violencia y la delincuencia; pero, lo peor de todo esto, es el gran dolor que sentimos cuando envejecemos y vemos cómo nos maltratan aquellos hijos que una vez engendramos y criamos con tanto esmero, esfuerzos y dedicación; esto sin quitar el dolor que sufrimos como padres cuando sabemos que nuestros hijos son maltratados y violados o desaparecidos o encontrados muertos en algún lugar como si fueran animales.
La gran diferencia es que ellos como niños y envejecientes no pueden hacer nada para defenderse de sus propios padres y de sus propios hijos, y en muchos casos defenderse de nosotros mismos y parar el sufrimiento y el dolor que padecen a causa de la delincuencia y la violencia.
Lo que significa que nosotros, los del medio, que ni somos niños ni envejecientes, no tenemos otro camino que no sea proteger a nuestros hijos y cuidar y proteger a nuestros padres, porque en realidad sufrimos también lo que pasa con ellos, y al final de la jornada a quien verdaderamente estamos protegiendo es en realidad a nosotros mismos; y esta tarea de pacificación comienza por proteger y tratar con respeto y consideración a nuestras mujeres, aunque usted no lo crea o quiera ignorar esta realidad es así; porque todo lo que he dicho hasta el momento son los resultados de la desintegración de nuestros hogares y de la desgraciada violencia doméstica; y claro son el resultado de nuestro analfabetismo moral. Es una posibilidad muy alta de que usted sea maltratado estes llegando a la recta final de su existencia.
Si estas dos tragedias, la de los niños y envejecientes no nos llaman a la reflexión y a comenzar a enfrentar el problema, como ya le dije hace un momento, algo grande está pasando con nosotros, es mucho más que nuestro alfabetismo moral, mucho más que nuestro estado de alienación o enfermizo, estamos quebrados y fragmentados en nuestra propia esencia y espiritualidad.
No es solo nuestro corazón que está quebrado, también el alma la tenemos fragmentada, y esto nos destruye enormemente en nuestra religiosidad, en nuestra espiritualidad, nos destruye psicológica y emocionalmente.
Un espejo fragmentado nunca reflejará la verdadera realidad y la esencia real de la dignidad. Un alma, un corazón o un espíritu fragmentado jamás podrá revelar nuestra verdadera identidad y personalidad. Nunca podremos entender y revelar la única y verdadera realidad, la convivencia pacífica.
Tenemos un vacío existencial que en realidad no podemos soportar y no debemos seguir permitiendo. Y no hay otro camino u otra solución que no sea proteger, cuidar y respetar a la mujer que elegimos y a los hijos que engendramos, y sobre todo cuidar y proteger a los padres que nos engendraron, porque todos los actos de violencia y delincuencia, repito, se originan ahí en nuestros hogares y nuestro analfabetismo moral.
